#Reto 15# La rutina de todos los días

Llegaba tarde al trabajo; otra vez. Era sonar el despertador y una enorme pereza se apoderaba de su cuerpo. Si bien se esforzaba en sacar su brazo izquierdo del confortable calor de las sábanas, y alargaba la mano para pulsar con su dedo índice el botón rojo de la pantalla del móvil; el resto de su cuerpo no respondía al estímulo del despertador. Cerraba nuevamente los ojos y se rendía al dios Morfeo. No había nada que le gustase más.

El problema venía cuando su marido la despertaba sobresaltado porque ambos se habían dormido. Y venían las prisas. Ducha rápida, maquillaje a pegotes, que luego se retocaría en el baño del trabajo, vaqueros con camisa, un café soluble a medio calentar y un cigarro. Vamos, la rutina de todos los días.

El trabajo quedaba a ocho minutos exactos andando, por lo que cogió su mascarilla, cerró la puerta y echó a correr por el rellano. Aún podía llegar a tiempo.

­­—Buenos días, Fernando —dijo con la respiración agitada al guardia de seguridad de la puerta.

—¡Muy buenos días preciosa! Respira un poco, que te va a dar algo —le contestó amablemente el guardia—. Quítate las gafas que te ponga el termómetro, 36,2 grados, perfecto.

Ya solo quedaba subir quince escalones y atravesar el hall de la primera planta para poder sentarse frente al ordenador, en su despacho compartido.

Al llegar arriba, encontró a varios compañeros mirando por la ventana. Estaban apelotonados, algo no muy recomendable en tiempos de covid. Su despacho tenía las mismas vistas que esa ventana, por lo que prefirió no preguntar y averiguar por ella misma lo que estaba ocurriendo.

Asomada a su balcón vio a dos operarios del Ayuntamiento armados con un hacha, varias cuerdas y una sierra mecánica. También estaba el concejal de Medio Ambiente. A voces, los tres creían saber cuál era la mejor forma de cortar la alta palmera enferma situada en el centro del patio. Una pelea de gallos en toda regla.

Rápidamente, soltó su bolso, encendió su ordenador, para disimular por si venía alguien, y se dispuso a observar. La disputa iba subiendo de tono y cada vez había más gente en la ventana…el espectáculo estaba asegurado.

Los obreros querían cortar ya la palmera, que tenían muchas tareas que hacer. El concejal no paraba de gritar que así no se hacían las cosas, que era necesario obtener autorización municipal previa.

—¡Pero que autorización ni que ostias! ¡Se corta y se acabó! Tanta tontería… que os gusta mucho hacer papeles para no tener que trabajar. —El que hablaba era Manolo, conocido por tener arranques de mal genio.

—¡Los procedimientos son los que son y están por algo! Que estas muy acostumbrado a hacer lo que te da la gana. —Gritó exasperado el concejal.

—Manolo, relájate, que al final la vas a liar. —Intentó mediar el compañero.

—Que no tiene ni puta idea de la vida, el papanatas este. —rumió Manolo.

—A ver si te enteras de una vez, ¡soy yo quien decide cuándo y cómo! —Sentenció el político.

De pronto, a Manolo se le congestionó la cara, tornándose cada vez más roja.  Dominado por uno de sus ataques de ira, cogió la sierra mecánica y empezó a subir a trompicones por la escalera de mano que estaba apoyada en la palmera. Como ido, se puso a cortar la palmera por la mitad, mientras gritaba improperios al concejal.

—¡Manolo por ahí no es! ¡no ves que tiene que ser más arriba! —Le gritaba el compañero.

Manolo no oía. La furia se había apoderado de él. Cortaba y cortaba sin parar. Trozos de palmera volaban por todo el patio.

—¡Manolo para, por Dios! ¡Que está cediendo el tronco y se va a caer para el lado que no es! —Volvió a rogar su compañero.

Muerte por palmera, que absurdo sería, pensó ella.

Decidió que ya estaba bien de perder el tiempo, tenía que empezar a ser productiva. Asió el pomo de la puerta acristalada y, justo antes de cerrar, quiso la fortuna que echara un último vistazo afuera.

Tarde. Oyó un crack enorme y vio como la palmera estaba cayendo rápidamente hacia donde ella estaba. La cara de Manolo se transformaba en puro terror y la miraba directamente… eso fue lo último que vio antes de morir.

Comienzo mi aventura con los 52 retos de escritura Literup. Reto 15: Haz que tu cuento acabe con: «Eso fue lo último que vi antes de morir».

“Azul”

Estaba enfadada. Había tenido que salir corriendo de casa sin apenas tiempo para nada.

Como cada mañana, su despertador había sonado a las 7:35 pero esta mañana lo había apagado y se había vuelto a quedar dormida. Ayer se entretuvo demasiado leyendo en la cama y eso  le pasó factura.  Al abrir los ojos a las 8 no pudo más que correr.

Se vistió con lo primero que vió y apenas se dio un par de pasadas con el cepillo en el pelo. La crema mal echada a pegotes y un sorbo rápido a un café que tenía en la cafetera del día anterior, no lo había calentado. Puag! Ya se me ha vuelto a olvidar echarle azúcar…me lo bebo de un trago y listo…pensó.

Cogío el bolso y ahí estaba, ese paraguas azul  eléctrico, grande, enorme, que tenía que devolver a su amiga. Se lo había prestado ayer, ya que al salir del trabajo la que estaba cayendo no era normal. ¡Mañana te lo devuelvo sin falta!, le dijo; sabía que si no lo hacía así podrían pasar meses antes de que se acordara de que nisiquiera lo tenía.

Así que, de un tirón cogió llaves de casa, paraguas y bolso. Al salir un sol radiante, del que quema, y eso que eran las 8:30 de la mañana. Una suerte la mia, la loca del paraguas, pensó.

Bajó corriendo a la parada del autobús; a esa hora de la mañana era la única persona que había siempre en su parada y sabía que, si no estaba allí, el autobús pasaría de largo. Efectivamente, estaba llegando y no parecía que fuese a parar.

Dio gracias al semáforo, se había puesto en rojo, así que corrió atravesando la carretera de doble sentido y las vías del tranvía; tras un rápido vistazo para ver si venía algún coche. Tuvo suerte, la dejaron pasar.

Ya dentro del autobús, no encontraba la tarjeta. Siempre la metía en el mismo bolsillo para encontrarla rápido pero a veces su despiste le jugaba malas pasadas y se equivocaba de bolsillo. ¡Aquí está! Buf, menos mal, pensó, no tenía nada suelto en la cartera y no podría haber pagado el billete normal de viaje.

¡Por fín un poco de suerte! Pensó al ver un asiento vacío en el centro, así me podré esconder un poco y dejar este paraguas tan sumamente azul apoyado en la pared. Sentía como todo el autobús la miraba. Debía de ser raro ver a una persona con ese gran paraguas con el soletón que hacía.

Si señora, es un paraguas grande, muy grande…le dijo con la mirada agria a una mujer que no dejaba de mirarla.

Se paró a observarse; estaba soñolienta, tenía el pelo revuelto y sin forma, los pantalones no le pegaban con la camisa y se acababa de dar cuenta que tenía una pequeña mancha de chocolate en el lateral. La cara blanca, sin color, pues no había podido echarse ni unos míseros polvos de maquillaje. Las zapatillas estaban sucias y para colmo se había puesto unos calcetines de rayas con unos colores muy vivos, que destacaban por encima de todo su vestuario. ¡Ja! Soy la viva definición de loca del autobús, pensó. Para colmo llevaba ese gran paraguas, que no sabía por donde meter.

¡Venga!, ya solo quedan 20 minutos de autobús, bajar corriendo la calle y habré llegado al trabajo; y por fín podré soltar este armatoste azul.

Siempre había sido muy vergonzosa, con los años había limado un poco esta timidez pero no soportaba destacar,  y mucho menos cuando se trataba de llamar la atención para mal. Así que ahí estaba, agazapada en su asiento, mirando absorta el móvil para evitar las miradas curiosas de la gente y pendiente de las paradas que realizaba el autobús.

De pronto notó unos ojos posados sobre ella, mirándola fíjamente, observando lo que hacía. Solo podía ver su brazo derecho  y su mano agarrando la barandilla roja del autobús.

– Ya se me ha puesto un pirado al lado, vaya por dios. Al menos huele bien. Si giro un poco la cabeza a la derecha le podré ver la cara, pero claro, si me está mirando…se va a dar cuenta. La mano es bonita, es grande y no tiene arrugas. Lo mismo no es tan mayor. No tiene anillo de casado, debe der ser joven… Jolín, que descarado, que entretenido debe de estar mirando lo que hago. ¡Mierda! Ya me he quedado sin vidas en el candy crush…

Aprovechando que ya solo le quedaba una parada, se bajó de su asiento y rápidamente se colocó en la parte trasera del autobús para salir corriendo hacia el trabajo. Le incomodaba  bastante sentirse observada y, aparte, quería ver como era. Él se quedó allí quieto, sujetando la barra y con la mirada hacia adelante.

Era moreno, llevaba una camisa blanca, impoluta, el pelo corto bien arreglado y engominado, además llevaba unos chinos que, a su juicio, le hacían un buen culo. La verdad es que el muchacho estaba bastante bien; aunque desentonaba un poco con su aspecto esa mochila negra de tela. Debía de ser empleado de banca por lo menos. Como se nota que a este chico si le ha dado tiempo esta mañana a todo, pensó echándose un vistazo rápido de abajo a arriba.

De pronto se dio cuenta de que se había dejado el paraguas en el asiento, apoyado contra la pared. Enrojeció rápidamente. ¡Mas tonta y no naces, que desastre! Se dijo. Se acercó al asiento, pidió permiso al muchacho para que se apartara y cogió ese bicho grande, feo y…azul. En ese momento, no pudo soportar más la mirada fija de él y lo miró.

Él le sonrió de oreja a oreja.

Pues si ya estaba muerta de verguenza, a saber como tengo que estar ahora de colorada…pensó.

El autobús se detuvo y abrió las compuertas, y salió corriendo del autobús. Echó un rápido  vistazo hacia atrás, quería verlo por última vez.

Entonces se dio cuenta; allí, dentro de su mochila y asomando por arriba aparecía un mango de un paraguas grande y… azul.

Vaya, parece ser que había dos locos en el autobús.