“Azul”

Estaba enfadada. Había tenido que salir corriendo de casa sin apenas tiempo para nada.

Como cada mañana, su despertador había sonado a las 7:35 pero esta mañana lo había apagado y se había vuelto a quedar dormida. Ayer se entretuvo demasiado leyendo en la cama y eso  le pasó factura.  Al abrir los ojos a las 8 no pudo más que correr.

Se vistió con lo primero que vió y apenas se dio un par de pasadas con el cepillo en el pelo. La crema mal echada a pegotes y un sorbo rápido a un café que tenía en la cafetera del día anterior, no lo había calentado. Puag! Ya se me ha vuelto a olvidar echarle azúcar…me lo bebo de un trago y listo…pensó.

Cogío el bolso y ahí estaba, ese paraguas azul  eléctrico, grande, enorme, que tenía que devolver a su amiga. Se lo había prestado ayer, ya que al salir del trabajo la que estaba cayendo no era normal. ¡Mañana te lo devuelvo sin falta!, le dijo; sabía que si no lo hacía así podrían pasar meses antes de que se acordara de que nisiquiera lo tenía.

Así que, de un tirón cogió llaves de casa, paraguas y bolso. Al salir un sol radiante, del que quema, y eso que eran las 8:30 de la mañana. Una suerte la mia, la loca del paraguas, pensó.

Bajó corriendo a la parada del autobús; a esa hora de la mañana era la única persona que había siempre en su parada y sabía que, si no estaba allí, el autobús pasaría de largo. Efectivamente, estaba llegando y no parecía que fuese a parar.

Dio gracias al semáforo, se había puesto en rojo, así que corrió atravesando la carretera de doble sentido y las vías del tranvía; tras un rápido vistazo para ver si venía algún coche. Tuvo suerte, la dejaron pasar.

Ya dentro del autobús, no encontraba la tarjeta. Siempre la metía en el mismo bolsillo para encontrarla rápido pero a veces su despiste le jugaba malas pasadas y se equivocaba de bolsillo. ¡Aquí está! Buf, menos mal, pensó, no tenía nada suelto en la cartera y no podría haber pagado el billete normal de viaje.

¡Por fín un poco de suerte! Pensó al ver un asiento vacío en el centro, así me podré esconder un poco y dejar este paraguas tan sumamente azul apoyado en la pared. Sentía como todo el autobús la miraba. Debía de ser raro ver a una persona con ese gran paraguas con el soletón que hacía.

Si señora, es un paraguas grande, muy grande…le dijo con la mirada agria a una mujer que no dejaba de mirarla.

Se paró a observarse; estaba soñolienta, tenía el pelo revuelto y sin forma, los pantalones no le pegaban con la camisa y se acababa de dar cuenta que tenía una pequeña mancha de chocolate en el lateral. La cara blanca, sin color, pues no había podido echarse ni unos míseros polvos de maquillaje. Las zapatillas estaban sucias y para colmo se había puesto unos calcetines de rayas con unos colores muy vivos, que destacaban por encima de todo su vestuario. ¡Ja! Soy la viva definición de loca del autobús, pensó. Para colmo llevaba ese gran paraguas, que no sabía por donde meter.

¡Venga!, ya solo quedan 20 minutos de autobús, bajar corriendo la calle y habré llegado al trabajo; y por fín podré soltar este armatoste azul.

Siempre había sido muy vergonzosa, con los años había limado un poco esta timidez pero no soportaba destacar,  y mucho menos cuando se trataba de llamar la atención para mal. Así que ahí estaba, agazapada en su asiento, mirando absorta el móvil para evitar las miradas curiosas de la gente y pendiente de las paradas que realizaba el autobús.

De pronto notó unos ojos posados sobre ella, mirándola fíjamente, observando lo que hacía. Solo podía ver su brazo derecho  y su mano agarrando la barandilla roja del autobús.

– Ya se me ha puesto un pirado al lado, vaya por dios. Al menos huele bien. Si giro un poco la cabeza a la derecha le podré ver la cara, pero claro, si me está mirando…se va a dar cuenta. La mano es bonita, es grande y no tiene arrugas. Lo mismo no es tan mayor. No tiene anillo de casado, debe der ser joven… Jolín, que descarado, que entretenido debe de estar mirando lo que hago. ¡Mierda! Ya me he quedado sin vidas en el candy crush…

Aprovechando que ya solo le quedaba una parada, se bajó de su asiento y rápidamente se colocó en la parte trasera del autobús para salir corriendo hacia el trabajo. Le incomodaba  bastante sentirse observada y, aparte, quería ver como era. Él se quedó allí quieto, sujetando la barra y con la mirada hacia adelante.

Era moreno, llevaba una camisa blanca, impoluta, el pelo corto bien arreglado y engominado, además llevaba unos chinos que, a su juicio, le hacían un buen culo. La verdad es que el muchacho estaba bastante bien; aunque desentonaba un poco con su aspecto esa mochila negra de tela. Debía de ser empleado de banca por lo menos. Como se nota que a este chico si le ha dado tiempo esta mañana a todo, pensó echándose un vistazo rápido de abajo a arriba.

De pronto se dio cuenta de que se había dejado el paraguas en el asiento, apoyado contra la pared. Enrojeció rápidamente. ¡Mas tonta y no naces, que desastre! Se dijo. Se acercó al asiento, pidió permiso al muchacho para que se apartara y cogió ese bicho grande, feo y…azul. En ese momento, no pudo soportar más la mirada fija de él y lo miró.

Él le sonrió de oreja a oreja.

Pues si ya estaba muerta de verguenza, a saber como tengo que estar ahora de colorada…pensó.

El autobús se detuvo y abrió las compuertas, y salió corriendo del autobús. Echó un rápido  vistazo hacia atrás, quería verlo por última vez.

Entonces se dio cuenta; allí, dentro de su mochila y asomando por arriba aparecía un mango de un paraguas grande y… azul.

Vaya, parece ser que había dos locos en el autobús.